Ir al contenido principal

La Princesa de Clèves de Madame de la Fayette




Imagen: Victoria del Reino Unido. Emperatriz consorte de Alemania. 1867 del pintor y litógrafo alemán Franz Xaver Winterhalter

La Princesa de Clèves de Madame de la Fayette se publicó de forma anónima en marzo de 1678.


Una novela histórica escrita el siglo XVII ambientada en la corte francesa del siglo XVI donde se mezcla:

  • La novela histórica que retrata el ambiente de la corte y las intrigas que se desarrollan en ella. La autora narra y utiliza a personajes reales como Enrique II o Isabel de Valois. Aunque la corte que se describe es al de Luis XIV.
  • La novela de intriga sentimental centrada en un triángulo amoroso.
  • La novela moral que hace una defensa y una alabanza de la virtud, sin mencionar conceptos religiosos como Dios.
  • La novela psicológica que describe los procesos mentales por los que pasa la protagonista, el enamoramiento pero también sus dudas, sus miedos, sus deseos, su sentimiento de culpa.


La Princesa de Clèves es un personaje limpio y honrado en un ambiente frívolo, inmoral y despreocupado. Sus decisiones nos puede resultar extremas, pero Madame de la Fayette logra que realicemos estudio psicológico de los personaje. Donde todo se entrecruza y se mezcla.


Hay una trama principal, pero también nos encontramos con historias dentro de historias, personajes reales que se mezclan con personajes de ficción, mostrándonos así una trama paralela.


Es una novela que con más de 300 años la hace cercana, real y actual .

Donde una cosa es la imagen que muestran los tres personajes principales y otra lo que realmente son. 

¿Que más real que esto?



Los tres protagonistas son un engaño o un fracaso que sobreviven en la cornisa del desengaño, el error, la desilusión y la hipocresía.

  • La princesa de Cléves quiere hacer lo correcto, pero son muchísimas las veces en las que acaba haciendo todo lo contrario. Además, comete errores de manera notable y acaba haciendo daño a los que la quieren y a los que ella quiere
  • El príncipe de Cléves se muestra como un marido perfecto, le promete a su mujer que nunca se pondrá celoso, pero a la primera dificultad real se vuelve un celoso y de una forma pasivo-agresiva se convierte en un tirano que domina a su mujer.
  • El Duque de Nemours se presenta como un enamorado perfecto y sensible, pero es un imprudente y un acosador merecedor una orden de alejamiento que no respeta.


Una cosa es lo que nos gustaría ser y otra cosa es lo que acabamos siendo.

El Duque de Nemours en el fondo no es más que un Don Juan. Quiere tanto a la princesa por el simple hecho de que es una presa difícil de conseguir. Madame de la Fayette no nos engaña con un amor eterno, dejando entrever que tan pronto como el duque consiga lo que quiere, ya no lo querrá más.

El amor una vez se consigue deja de existir. El amor sólo existe como ideal no realizado.


Una cosa son nuestros ideales y otra la realidad.


Y es por todo esto que esta obra es tan cercana, porque todos cometemos errores, porque a todos nos gustaría ser una versión mejorada de nosotros mismos, porque todos fracasamos.


En definitiva los seres humanos somos muchas cosas juntas, a veces puedes tener muchos mundos en una sola criatura.



Madame de La Fayette (Marie Madeleine Pioche de La Vergne - condesa de La Fayette) Francia: 1634-1693




Comentarios

  1. Creo que la princesa tiene miedo a dejar de ser amada. Ademas veo muchas actitudes egoístas, como en la escena de la confesión donde se desahoga pero no ve el mal que le hace al marido.

    ResponderEliminar
  2. "...el amor siempre se hallaba mezclado con el interés y el interés con el amor. Nadie había tranquilo o indiferente; todos pretendían medrar, gustar a alguien o perjudicarle. No se conocía ni el aburrimiento ni la inactividad, y el tiempo transcurría en regocijos e intrigas."

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

¡Anímate a comentar! ♥♥
Gracias ♥

Entradas populares de este blog

Golosinas de Mario de Andrade

Conté mis años y descubrí
que tengo menos tiempo
para vivir de aquí en adelante
que el que viví hasta ahora...

Me siento como aquel chico
que ganó un paquete de golosinas:
las primeras las comió con agrado
pero, cuando percibió
que quedaban pocas,
comenzó a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo
para reuniones interminables
donde se discuten estatutos,
normas, procedimientos
y reglamentos internos
sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo
para soportar absurdas personas
que, a pesar de su edad cronológica,
no han crecido.

Ya no tengo tiempo
para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones
donde desfilan egos inflados.
No tolero a maniobreros
y ventajeros.

Me molestan los envidiosos,
que tratan de desacreditar
a los más capaces,
para apropiarse de sus lugares,
talentos y logros.

Detesto, si soy testigo,
de los defectos que genera
la lucha por un majestuoso cargo.
Las personas no discuten contenidos,
apenas los títulos.…

Eduardo Kingman el pintor de las manos

Kingman supo encontrar en las manos, toda la simbolización de los más variados sentimientos humanos: angustia, ternura, piedad, ira, impotencia e injusticia.



Además la obra de Eduardo Kingman es valiosa por el tratamiento del tema indigenista, por su autenticidad, y del tema social en general, por su entendimiento de las relaciones humanas a partir de la intimidad familiar.


Los Guandos Representa una de las maneras de transporte de carga que hacían nuestros indígenas como parte del gran y fuerte trabajo al que eran obligados hacer desde tiempos inmemorables, esto comúnmente se realizaba en la parte andina del Ecuador, y con mayor apogeo con la llegada europea que sin ningún tipo de lastima hacían que los guandos trabajen casi hasta su muerte.

Esta pintura nos muestra el maltrato que con frecuencia se daba con los trabajadores de las haciendas españolas, marcas causadas por latigazos son el recuerdo de un mundo lleno de injusticia.








Su obra retrata las mas hondas aflicciones humanas.


El beso de Eduardo Galeano-microcuento

Antonio Pujía eligió, al azar, uno de los bloques de mármol de Carrara que había ido comprando a lo largo de los años.
Era una lápida. De alguna tumba vendría, vaya a saber de dónde; él no tenía la menor idea de cómo había ido a parar a su taller.
Antonio acostó la lápida sobre una base de apoyo, y se puso a trabajarla. Alguna idea tenía de lo que quería esculpir, o quizá no tenía ninguna. Empezó por borrar la inscripción: el nombre de un hombre, el año del nacimiento, el año del fin.
Después, el cincel penetró el mármol. Y Antonio encontró una sorpresa, que lo estaba esperando piedra adentro: la veta tenía la forma de dos caras que se juntaban, algo así como dos perfiles unidos frente a frente, la nariz pegada a la nariz, la boca pegada a la boca.
El escultor obedeció a la piedra. Y fue excavando, suavemente, hasta que cobró relieve aquel encuentro que la piedra contenía.
Al día siguiente, dio por concluido su trabajo. Y entonces, cuando levantó la escultura, vio lo que antes no hab…